Tal vez sea encontrarse solo en un lugar lo que nos hace falta para pensar y reflexionar, para darnos cuenta y recapacitar sobre las cosas que hemos hecho mal en nuestra vida, aunque nuestra intención no lo fuera. Por que aunque nuestras acciones hayan sido realizadas con buena voluntad, eso no significa que tengan que estar bien.
Voluntad es algo que todos tenemos, aunque unos más que otros, pero al fin de al cabo es lo mismo para todos. Hay que pensar en que hay que invertirla. Cada persona es distinta, diferente y eso hace que nuestros gustos y nuestra forma de ser también lo sea. Pero también tenemos algo en común, que puede variar de intensidad de unos a otros, pero que está en lo más profundo del hombre: es algo que dar a los demás, algo que aportar a nuestro entorno. Desde pasar todo el tiempo del mundo dedicándonos a otras personas que necesitan ayuda para recibir una sonrisa, hasta tratar de ser mínimamente agradable con la gente que nos rodea. Al final, la recompensa más gratificante es saber que has hecho feliz a una persona o varias personas como has podido, porque se lo merecen. Además no podemos olvidar que gracias a la diversidad de personalidades podemos aprender siempre algo de los demás e invertirlo de forma positiva; porque lo que aprendemos luego podemos enseñarselo a los demás.
¿No sería toda un meta crear una cadena de sabiduría y de buena voluntad?
Siempre será pronto para decidir el momento en el que queramos dejar de apreder. La vida es un aprendizaje constante; una experiencia única e irrepetible. Una vida que no podemos vivir sin nuestro entorno y nuestras amistades. Que no podemos experimentar sin dialogar, opinar... y para ello necesitamos aprender. Aprender en la escuela, y estudiar, sí... ¿Por qué no? Pero también en la calle o en cualquier parte, ero sobre todo de las personas.